Cámara de Comercio de Perira

ÉTICA NUESTRA DE CADA DÍA

Columna de opinión de Mauricio Vega Lemus

Publicada el lunes 25 de junio de 2018 en El Diario

Hoy estamos todos en modo mundial, bien sea porque disfrutemos de los encuentros deportivos o porque al margen de estos, se han generado circunstancias que han llamado poderosamente la atención por el comportamiento de quienes fuera de las canchas, han dejado mucho qué desear.  

La oportunidad que brindó Rusia 2018 de entrar a un país y saber mas sobre su cultura, también abrió espacios para llamar la atención de lo que ocurre, como en el caso de los colombianos y latinoamericanos, con una forma de ser desparpajada, alegre, bulliciosa, que contrasta con la personalidad de los anfitriones y que ha sido objeto de no pocas reacciones en los medios y en las redes sociales. Es nuestro sello, es nuestra idiosincracia y gracias a Dios por ella. Pero esa forma abierta, alegre y desabrochada de ver la vida no puede ser confundida con grosería. Con la patanería de llegar a otro país y querer pasar por alto sus normas y mucho menos tratar a las personas siquiera con el mínimo respeto, como ocurrió con colombianos, argentinos y hasta mejicanos, que infortunadamente dejaron su sello de altanería.  

Para el caso específico de los colombianos, esos cuyo comportamiento soez se quedó en nuestra retina, no sólo por sus faltas sino por las sanciones sociales a las que se vieron sometidos, debemos hacer un mea culpa y echar mano de todas las reacciones en favor y en contra que se registraron, porque es el mejor momento y el mejor ejemplo para llamar la atención frente a lo que estamos haciendo y promoviendo desde nuestras acciones cotidianas.  

Al conocer por ejemplo que a un empleado de una aerolínea nacional lo despidieron por haber faltado al código de ética de la compañía y haber promovido el consumo de licor de manera ilegal dentro de un estadio ruso, fueron muchos los que calificaron la acción como desproporcionada pero no se detuvieron a analizar que un caso similar ocurrió con un empleado argentino de otra aerolínea que también se sobrepasó en Rusia. Y no se trata solo de una sanción social, es el castigo de que debe asumir quien falta a las normas de un país que lo acoge. No se trata de la malicia indígena, o el ingenio paisa o de que las leyes son para los de ruana. Se trata de las mínimas normas de comportamiento que se exigen sin importar las coordenadas del sitio donde estemos. 

Y entonces todo se traduce en cómo estamos asumiendo nuestra cotidianidad, en cómo actuamos frente a circunstancias que nos exigen probidad en nuestras acciones y pensamientos. La cultura de la trampa, del avispado, del ventajoso nos ha llevado a tener una sociedad permisiva con aquello que sabemos que no esta bien pero que tampoco criticamos si no nos afecta.  

Lo que esta pasando debe ser la mejor de las alertas para llamar nuestra atención como ciudadanos y repensar lo que estamos haciendo cada uno por permanecer en la senda ética y no solo por el qué dirán sino como estilo de vida que debemos inculcar en las nuevas generaciones, para evitar una degradación mayor.   

Si estamos propendiendo por comunidades activas, por la participación ciudadana, por jóvenes interesados en la corresponsabilidad, entonces movámonos todos y promovamos la tolerancia cero a acciones ventajosas, dañinas para nuestra sociedad. Empezar por cambiar la malicia indígena por el buen ingenio de los colombianos para hacer crecer nuestro país es un acto inaplazable e indelegable. Todos tenemos que velar por esa ética nuestra de cada día.

 
Regresar